La situación entre EE. UU. e Irán es un estancamiento de disuasión, no una guerra activa. Ambos lados están utilizando posicionamiento militar, advertencias y retórica para señalar fuerza y proteger sus intereses sin cruzar la línea hacia un conflicto abierto. EE. UU. busca limitar la influencia regional de Irán y presionar a su gobierno a través de sanciones y presencia militar. Irán, por su parte, utiliza amenazas contundentes para disuadir ataques y mostrar a las audiencias nacionales y regionales que no cederá.

El riesgo radica en el error de cálculo. Con tropas, barcos y misiles posicionados muy cerca, incluso un pequeño incidente—como un ataque con drones, una confrontación naval o un ataque por poder—podría escalar rápidamente. El descontento interno en Irán también aumenta la apuesta, ya que los gobiernos bajo presión interna pueden actuar de manera más agresiva en el extranjero para proyectar fuerza. Mientras tanto, los aliados regionales y los grupos proxy complican la situación, haciendo que la escalada sea más difícil de controlar.


Sin embargo, una guerra a gran escala es poco probable a corto plazo porque el costo sería extremadamente alto para ambas partes—económicamente, militarmente y políticamente. Esto crea un equilibrio frágil donde la tensión permanece alta pero controlada, con la diplomacia actuando como una válvula de seguridad. La situación se entiende mejor como una confrontación prolongada donde ambas partes quieren influencia, no guerra—pero están operando peligrosamente cerca de ella.


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